miércoles, 23 de julio de 2014

Relatos de Verano (7) - GALERÍA: Zoë Mozert. Pin Ups





Relatos de Verano

6

Ana

Segunda Parte

3
.....La reunión tendría lugar en el despacho de un testaferro que no comprometía a nadie, uno de esos tipos oscuros, anónimos, que siempre ocupan un lugar en las cloacas del sistema. Allí Jaime esperaba encontrarse con el mafioso y el representante del ayuntamiento (otro tipo perfectamente anónimo que difícilmente pudiera asociarse al órgano de gobierno municipal).
.....Se levantó temprano ese día –el jueves antes aludido–, salió a correr por la playa, se dio un baño en el mar y regresó al hotel. A su llegada se encontró con Ana (que desde los ventanales de la quinta planta (la que tenía a su cargo) lo había estado observando corretear por la orilla del mar y después zambullirse en él). Se ducharon juntos e hicieron el amor en la misma ducha, mientras el agua caliente los rociaba aportando una nota sensorial nueva que los hizo gozar con matices así mismo nuevos. Tras lo cual, se despidieron con un beso que tenía el sabor de un hasta luego.
.....Jaime se afeitó, se vistió y se sentó a la mesa escritorio a repasar sus notas y realizar sus últimos árboles de ideas (a los que era muy aficionado, y que no pocas veces le habían ayudado a elucidar soluciones a problemas aparentemente irresolubles; en éste, de forma terca, quería colarse de alguna manera Ana, algo estúpido, pues Ana nada tenía que ver con el asunto que se iba a dirimir, pero, aún así, la imagen de Ana se empeñaba en formar parte del árbol: la colocó como una ramita más, a modo de floración de la flecha relacional que le unía a él con la idea de la dignidad y los principios que su abuelo tan profundamente le inculcara –por nada del mundo se le hubiera ocurrido ligarla a los turbios asuntos que se tratarían).

.....Cuando llegó al punto de encuentro, uno de esos locales disimulados en un edificio de función indefinida, en el que uno no sabe si está en unas galerías comerciales obsoletas, en unos almacenes en desuso o en una corrala, como un laberinto de feria, de pasillos intrincados donde nadie conoce a nadie, el testaferro le estaba esperando, salió a su paso y le condujo a la pequeña sala (poco más que un despacho de oficinista) donde esperaban sentados el mafioso y el mediador municipal. Después, el testaferro, haciendo mutis por el foro, se despidió y, cerrando la puerta, los dejó solos.
.....La reunión terminó como esperaba, aunque no como hubiera deseado: sin acuerdo. Delante le pusieron zanahorias de todos los tamaños y formas, maletines, viajes a suiza y otros más exóticos paraísos fiscales donde poner a buen recaudo la mordida obtenida si cedía los derechos y la titularidad de la plica ganada. Jaime, en un principio, les siguió el juego por el mero placer de saber hasta qué extremo podían llegar con sus triquiñuelas, y cuánto estarían dispuestos a dar por cometer una tal ilegalidad. Jaime, también, era así: le gustaba el juego (aunque nunca frecuentó timbas ni casinos, ni apostara cantidad alguna en ningún evento, fuera o no ad hoc). Pero cuando les dejó bien claro que no cedería, el mafioso se levantó airado, pero contenido, con mirada glacial y dura, fijándose en sus ojos, y advirtió: ándense con cuidado, esto no va a quedar así, estoy dispuesto cueste lo que cueste a hacerme con esa contrata, tanto si se avienen a razones, como si no. Les doy un día para que recapacite, tras el cual, si no obtengo una respuesta afirmativa por su parte, consideraré rota la negociación y yo me sentiré libre para emplear otros métodos menos dialogantes. El mediador ejerció de ello (a su manera, claro), les pidió que reconsideraran..., les rogó que no se encerraran en sus mutuas posiciones..., les imploró sentido común... Jaime lo miró con desprecio, y después le dijo: por culpa de gente como usted, estos... señores actúan como actúan, y así nos va; es una pena que las cosas sean así,pero ni yo, ni mi padre, ni el espíritu que alienta en nuestro alma de gente de bien puede plegarse a estas maquinaciones que pervierten el sentido social del ser humano. ¡Usted es un estúpido soñador, amigo; uno de esos que viven en otro mundo, y que se empeñan en perturbar el normal funcionamiento de este! Le espetó el mafioso. Jaime le dio la espalda y salió del lugar. Cuando llegó a la calle respiró hondo para limpiar el aire viciado de los pulmones.

.....A partir de ese momento el lobo que había en Jaime se mantuvo en guardía. Fue así cómo se dio cuenta que lo seguían. No creía equivocarse, pues sintió un leve y ya familiar escalofrío recorrer su espalda, erizándole el vello: siempre que lo acechaba un peligro su inconsciente le advertía de esta forma. Eran dos tipos de tez muy morena, quizá mulatos. Lo hacían a distancia, queriendo pasar inadvertidos; pero se veía a la legua que no eran profesionales (menos mal, se dijo a sí mismo). Lo siguieron hasta el hotel.
.....Ese mediodía comería solo, en el restaurante-bufete del hotel, de espaldas a la pared. Pero hasta la hora de comer aún quedaba tiempo... Llamó al servicio de habitaciones. A los pocos minutos llegó Ana. Se abrazaron y se besaron con intensidad. ¿Qué tal ha ido todo?, se atrevió a preguntar la mujer, detectando en la mirada de su amante la tensión de su cuerpo en alerta, señal inequívoca de que algo no iba bien. Bien, bien, no te preocupes; nada que no esperara. Tras lo cual se entregaron el uno al otro. Ana comprobó hasta qué punto el Jaime-lobo era dueño de la situación en esos momentos: la hizo correrse dos veces antes de aullar –con sordina. En ese aullido desahogaba toda la tensión acumulada y toda la pasión comprimida.

.....Por la tarde, tras comer y echarse la siesta (que Ana acunó debidamente durante el descanso vespertino, entre uno y otro turno), tenía previsto salir a realizar una pequeña excursión a Serra Gelada, un parque natural costero de gran belleza por sus acantilados y farallones calizos que desde los trescientos metros caen a pico sobre un mar de intenso azul cobalto. Cogería un taxi que lo llevara hasta la Cruz (una de unos cuatro metros de altura, visible desde cualquier punto de la ciudad que, iluminada interiormente en las noches, a modo de crucero costero se alza al final de una carretera que serpentea por la montaña hasta encaramarse a esta altura, donde termina súbitamente en una pequeña rotonda). Desde ese enclave se puede disfrutar una de las vistas urbanas del litoral más hermosas y típicas: las dos playas en forma de extendidas y doradas semilunas, separadas por el Castillo (el antiguo pueblecito de pescadores encaramado a una pequeña colina sobre el mar), flanqueadas por altos edificios que hacen evocar una gran ciudad americana (el Manhattan levantino, lo llaman). A partir de ahí se puede seguir subiendo por sendas, entre pedregales y monte bajo de tomillos, romeros y lavandas, hasta el borde de los acantilados, que se extienden durante un par de kilómetros hasta el Faro del Albir, y que constituyen: desde el mar, un muro calizo; y desde la tierra, una privilegiada balconada al Mediterráneo. Jaime se proponía subir hasta el borde y, después, cuando comenzara a caer la tarde y la ciudad comenzara a abrir paulatinamente sus innumerables ojos de luz a la noche, demorarse en la vista urbana desde la Cruz.

.....Al coger en taxi no vio nada sospechoso. Ya de camino hacia Serra Gelada miró a través del cristal trasero y tampoco notó que lo siguieran. Sabía que debía tomar precauciones, pero no tenía miedo; si lo hubiera tenido no habría salido. Era un soñador, un inocente y un cándido, pero no un cobarde.
Llegó a la Cruz, abandonó el taxi y se dirigió por la senda que llevaba a la ondulación más alta, hacia arriba, en dirección del borde del acantilado. Le encantaba triscar como las cabras, someter a prueba su corazón, que latía con fuerza. Sudoroso llegó a la cumbre y disfrutó de las vistas: hacia el interior, toda la zona habitada que incluía la urbe que acaba de abandonar y las urbes vecinas (la Nucía, Polop, Altea, El albir); y, más allá, hacia el noroeste, como otro muro aún más alto que este que le servía de mirador, la mole del Puig Campana, con su perfil quebrado que es fuente de leyendas; y más allá aún, más al noreste, el Ponoch, como un león dormido. Hacia el mar, el azul celeste intenso del cielo se fundía en el horizonte con el azul cobalto del mar; más allá, en algún lugar, surgiendo del fondo del mar, las islas (Ibiza, Mallorca, Menorca). Unas vistas impresionantes, en fin. Tras disfrutarlas durante una hora, sumergiéndose de vez en vez en más profundos y menos menos bucólicos problemas, se dispuso a regresar. Mientras bajaba con soltura de lobo, la conversación de la mañana regresaba a él una y otra vez. Esperaba una reacción del mafioso, pero ¿en qué forma? ¿cuál sería su represalia?.

.....La respuesta le esperaba emboscada en la rotonda que daba por concluida la carretera que se encaramaba hasta la Cruz. Cuatro sombras salieron de detrás de los pinos cuando él apareció. Dos de ellas le resultaron familiares, se trataba de los dos tipos que ya había visto por la mañana, siguiéndole; a los otros dos, igualmente de tez morena, no los conocía.
.....Se dirigieron hacia él. Sabía que cualquier intento de diálogo sería vano. Estos habían sido enviados, cuanto menos, para escarmentarlo. Al lobo se le erizó el pelo del lomo, estiró los ojos, enfocando el escenario, apresto el belfo y enseñó los colmillos cuando el primero de aquellos tipos se fue hacia él: la primera dentellada, tras describir una elíptica que nadie fue capaz de ver, le estalló en la sien como un rayo, el tipo no supo que le pasó, simplemente le estalló el cerebro, se llenó todo de luz y después se apagó. Cayó al suelo como fulminado por un rayo. Después, el lobo-Jaime, realizando un giro sobre sí mismo, lanzó la segunda dentellada, alcanzó al que tenía más cerca, a su derecha, de pleno en el estómago; el talón le golpeó con tal violencia y precisión, que a aquel desgraciado sólo le dio tiempo para exclamar ¡Ouch! antes de arrugarse y caer hacia atrás como un trapo. Quedó Jaime ahora cara a cara ante los otros dos, que dieron un brinco hacia atrás. El factor sorpresa ya ya se había esfumado, privándole de una ventaja, pero se había desecho ya de dos. Uno de ellos sacó una navaja automática. El otro se puso en la típica guardia del púgil diestro: pierna izquierda ligeramente adelantada, puño izquierdo adelante, a la altura del pecho, y el derecho agazapado entre el hombro y el mentón. Vaya, vaya, dijo el de la navaja, así es que el gentleman sabe artes marciales... hum! esto no nos lo habían advertido, claro que para lo que te va a servir. Te has desecho de la carne de cañón, amigo mío. Pero ahora tienes delante a dos que te van a dar una lección, pese a todo tu kung-fu. Mientras hablaba el navajero se fueron separando a derecha e izquierda de Jaime para poderlo acometer desde dos direcciones a la vez. Jaime se arrimó a la pared para no ser rodeado por la espalda. Allí los esperó. La navaja brilló, rayo de mortífera plata, al describir su súbito recorrido en el aire buscando herir, Jaime, con un movimiento ágil, hurtó el bulto, y, al tiempo, lanzó el pie: el canto de su zapatilla deportiva se hundió en el vientre del navajero, que aulló de dolor al caer al suelo. De forma simultanea a la acción anterior, Jaime sintió cómo un puño se estrellaba contra su frente, trastabilló y se dio contra la pared, lo que evitó que diera en tierra. Estaba aturdido pero no grogui. Se colocó en guardia. Ante él, el boxeador, desafiante, comenzó a bailar, atento a sus pies, a sus manos, a sus movimientos. El combate duró un par de minutos y acabó como era de esperar. El boxeador no era un profesional, y acabó siendo víctima de la mayor habilidad de Jaime para la lucha. Una habilidad adquirida durante casi veinte años de práctica en un Dojo de karate, regentado por un instructor hispano alemán, más imbuido aún en el espíritu del bushido que su maestro, un irreductible y duro japonés descendiente de samuráis. Ni la universidad separó a Jaime de su relación con el Dojo, ni de profundizar en su aprendizaje marcial. Ni tan siquiera en su año en Londres, donde entrenó bajo la supervisión de otro afamado maestro japonés, dejaría el Karate-Do, una disciplina que ya formaba parte necesaria de su vida y que contribuía a su equilibrio psico-físico.

.....A pesar de su victoria, Jaime recibió algunos golpes que le dejaron señalada la cara: tumefacto un ojo y roto el labio, además de algún certero gancho en las costillas que sólo un cuerpo endurecido por el entrenamiento pudo haber soportado sin sufrir mayores daños.
.....Cuando lo vio, Ana se echó la mano a la boca ahogando un grito. ¡Santo dios, Jaime, qué te ha pasado? acertó a decir. El otro, sopesando rápidamente la conveniencia o no de revelarla la verdad, optó por hacerlo a medias, es decir, por contarle la pelea, pero escondiéndole el motivo. ¡Serán salvajes! Los habrás denunciado ¿no?. ¿Y de qué serviría eso? contestó Jaime, restándole importancia al altercado. ¿Cómo que de qué serviría? Pues aunque sólo sea para castigar a esos infames, y escarmentarlos para que no vuelvan a reincidir. No, no sirve de nada. Además no los conocía, no sabría qué decir a la policía: ¿que cuatro tipos de piel oscura y acento caribeño me habían querido propinar una paliza y habían salido escaldados? De qué serviría. Ya se llevaron su merecido. Ahora sólo queda poner tierra de por medio... ¿Cómo?, exclamó Ana alarmada, ¿que te vas a ir, así, sin más ni más? y al decir esto sintió tal desgarro en su pecho que no acertaba a hilvanar una argumentación coherente; sólo repetía: es que... yo... ya no sabría qué hacer sin ti... Qué haré sin ti, qué haré... No, no te puedes ir así... Jaime intentaba calmarla, la acariciaba, la estrechaba contra su pecho. Tranquila, schhhh... tranquila. Que lo nuestro no tiene por qué acabar aquí. Sepárate de tu marido cuanto antes y vente conmigo, yo me haré cargo de de vosotros. No... no puedo hacer eso. Es tu vida, Jaime, no puedo condicionarte con la mía. Pero separarnos así... Si al menos pudiésemos seguir viéndonos. Aunque sólo fuera hasta que este fuego se consuma o se mitigue... ¡qué sé yo! Pero ahora no... ahora no podría... me desgarraría tu separación. Tranquila, Ana, tranquila. Déjalo en mis manos. Además no me voy a ir hoy mismo. Cumpliré mi programa, y si eso te sirve de algo iré a la policía a poner una denuncia (ocultándoles, obviamente el motivo, pensó). Nos quedan dos días, disfrutemos de nosotros y después... Jaime propondrá y dios no tendrá más remedio que disponer. Dicho lo cual se fundieron en un largo abrazo, que derivó en una batalla de amor de la cual quedaron los dos rendidos.

Epílogo
.....¿Qué te ha pasado, díme? Una Ana en jarras, amenazante, le conminaba a responder a Rinaldo. Éste, que apenas sí podía abrir la boca, balbuceaba mirando al suelo. Pero ¿te has visto? ¡si das pena! Y la verdad es que Rinaldo, con la nariz y la mandíbula inflamadas (presumiblemente, ambas, rotas), hasta el punto de deformarle la cara como un Quasimodo de piel oscura, daba lástima. Se le veía derrotado, hecho trizas, con la autoestima por los suelos. De repente, Ana unió cabos, estableció analogías, llegó a conclusiones... Acababa de dejar a Jaime, magullado a causa de una pelea mantenida con –según él– unos tipos de piel oscura y acento caribeño, y ahora llegaba a casa y se encontraba a su marido, a Rinaldo, el boxeador amateur, en peores condiciones que su amante. Se estremeció. Por poco pierde pie. Los niños comenzaron a llorar (quizás presintiendo la tragedia, quizás asustados por el aspecto de su padre, quizás amedrentados por la mirada de su madre que se iba encendiendo cada vez más). Los niños son unos seres muy sensitivos, capaces de captar en sus padres actitudes y reacciones antes de que se produzcan.
.....¡Eres un mamarracho! Le soltó Ana a Rinaldo, y en su voz podía distinguirse todo el desprecio del mundo. Todo el desprecio acumulado, sobre todo, en el último año en el que ya había dado el caso por perdido. Dime, anda, qué es lo que has hecho, mequetrefe, imbécil... Qué necesidad tenías... Rinaldo levantó la cabeza, con dolor y esfuerzo, pero la levantó, se quedó mirando a su mujer mientras le insultaba, no dando crédito a lo que oía y veía. En vez de atenderlo, de cuidarlo, de interesarse y compadecerse de él, lo vilipendiaba como si supiese realmente la causa de su lamentable estado, como si adivinase lo que había sucedido unas horas antes, allí arriba, en Serra Gelada. Los ojos de Ana echaban chispas, los de Rinaldo vertían lágrimas. No la ablandó, antes al contrario, le dijo a la cara, mirándole fijamente: se acabó, me oyes, se acabó, te dejo, te abandono, te mando al quinto pino, voy a divorciarme... maldigo la hora en que no hice caso a mi madre, maldigo la hora en que te conocí...

.....Y, cazando al vuelo una reflexión tenida al desgaire, pensó en voz alta, dirigiéndose a ella misma: claro que si no te hubiera conocido, quizás tampoco habrían ocurrido otras cosas relacionadas con este hecho (y al decirse esto pensaba en Jaime, por supuesto)... Bueno, el caso es que hasta aquí hemos llegado. Y dirigiéndose otra vez a su marido, continuó: ya estás buscándote otro domicilio porque te echo de éste, entre otras razones porque lo estoy pagando yo. Eres un vago sin oficio ni beneficio y, además, un delincuente. Al decir esto, se calló. Él, Rinaldo, se levantó, clavó sus ojos en ella y avanzó con los puños cerrados. Ella retrocedió, algo vio en aquellos ojos inyectados en sangre que le dio miedo. Los niños lloraban más fuerte aún que antes. La tragedia parecía inevitable. En ese momento sonó el timbre de la puerta. Sonó de forma insistente. Tras unos pocos segundos, en que sólo se oyó un denso silencio, la aporrearon: una voz familiar se dejaba oír a través de la endeble hoja de aquel piso barato: ¡Ana! ¡Ana! ¿Estás ahí? ¡Abre la puerta! ¡Abre! Rinaldo miró hacia la entrada, después la miró a ella, también a él se le estaba haciendo la luz en aquella cabezota maltrecha y ahora llena de grillos. Reconozco esa voz, dijo Rinaldo, avanzando más, lentamente, hacia su mujer. Las lágrimas se habían evaporado, ahora las ascuas ocupaban su lugar. Los golpes en la puerta eran cada vez más fuertes. ¡Abre, Ana! ¡Abre! A Ana le interceptaba el paso Rinaldo, situado entre ella y la puerta de la salita que daba al recibidor. Al fin salió de su aturdimiento y no pudiendo contenerse más lanzó un grito... ¡Estoy aquí, Jaime, aq...! No acabó de decir el segundo aquí: el puño izquierdo de Rinaldo se había estrellado en su estómago cortándola la respiración. El derecho lo recibió en plena cara, lo que la hizo caer hacia atrás. Los niños eran ya una pura berrea. La puerta del piso, tan ligera y de mala calidad, saltó hecha añicos. Tras las astillas penetró Jaime con la velocidad de un ciclón, y como un ciclón se plantó en la salita donde se topó con la escena: Rinaldo, fuera de sí, se encontraba agachado, a horcajadas sobre Ana a la que intentaba estrangular con sus propias manos.

.....Cuando se lo llevaba esposado la policía, Rinaldo, no hacía más que gritar: ¡Me las pagaréis! ¡Me las pagaréis todas juntas, malnacidos! dirigiendo a los amantes una mirada llena de odio. Las voces amenazantes siguieron mientras lo bajaban por la escalera, hasta que se alejaron y se perdieron definitivamente. Arriba, en el escenario del drama, Jaime sujetaba, acariciándola, una mano de Ana, que, a su vez, recibía la atención de un médico y una enfermera del Servicio de Emergencias. Tendrá que pasar a declarar por comisaría, le dijo, deferente, el inspector Dominguez. Sí, por supuesto, no hay ningún problema, cuando ustedes quieran. Si puede pasar hoy mismo se lo agradeceremos, cuanto antes cerremos el informe mejor para usted... y para nosotros. Vaya moda (comentó el inspector, de forma resignada), esto no hay quien lo pare, por más campañas que se hacen, por más concienciación que se intenta, por más que se endurecen las penas... no hay manera. Jaime (que se cuidó muy mucho de apostillar nada comprometido a ese comentario), en ese momento, le decía a Ana: si no llego a interesarme por ti, si no hubiese preguntado a tu compañera a cerca de ti y de tu vida, no habría llegado a tiempo. Era una posibilidad, pero no podía obviarla. Parecía demasiada casualidad, cosa de locos, pero mi intuición nunca me ha fallado. Cuando me informó que tu marido era cubano, y que allí, en Cuba, había sido boxeador, salí corriendo dejándola con la palabra en la boca (por cierto, he de pedirle disculpas por dejarla así). Si no llego a venir... No quiero ni pensarlo. Ana lo miraba –dificultosamente, eso sí, pues su ojo izquierdo estaba casi completamente cerrado por el bestial uppercut propinado por Rinaldo–, y en su mirada no sólo había ardiente pasión, sino que podía atisbarse el más sereno brillo de un amor que comenzaba a crecer en su pecho.

Fin

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GALERÍA


Zoë Mozert
1907-1993

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domingo, 20 de julio de 2014

Relatos de Verano (6) - GALERÍA: Art Frahm. Pin Ups

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Relatos de Verano

6

Ana

Primera Parte

1
.....Ana, pese a ser madre de un niño y una niña, es aún una mujer joven y de buen ver, aunque, a los tres años de casada, y según indicios reveladores, su marido la tiene ya muy vista. Ana vive en un barrio relativamente céntrico de Benidorm, pero en los atrases, es decir, en una de aquellas primeras construcciones que se hicieran en los años setenta y ochenta al calor del boom que haría de la capital de la Costa Blanca lo que hoy es: un batiburrillo kitsch donde residen cien nacionalidades diferentes y donde acuden otras cien desde todos los rincones del mundo a turistear; bien entendido que el turismo que acude hoy día a Benidorm, tras un amago nórdico y centroeuropeo que fue literalmente expulsado por los muchos problemas de agua y masificación que tuvo en sus inicios, no es comparable al que recibe, Marbella, Ibiza o Castelldefels (por citar sólo tres de los destinos más selectivos del país). Y es que el turismo de Benidorm es para gente sin complejos; de hecho, en esta antigua ciudad de pescadores reconvertida en caladero de gentes ociosas, se pueden ver las cosas, los atuendos y las personalidades más extravagantes sin levantar el más mínimo escándalo, sin tan siquiera provocar la menor sorpresa. Ser extremadamente convencional (de cualquier época) o ser un contracorriente, gozan del mismo interés en la ciudadanía: nulo. A fuerza de verse, a fuerza de ser una pasarela abierta a todo, Benidorm ha adquirido, por derecho propio, la categoría de lugar fuera del tiempo, centro de todas las modas. Además, la extraordinaria climatología, unas playas impolutas integradas en el casco urbano y unos servicios volcados en ofrecer a bajo precio todo aquello que los turistas sin muchos posibles (o con) pueden permitirse, logran que la población flotante triplique, como mínimo, a la censada, llegando a decuplicarse en verano.

.....Pues bien, este sistema de vida ha atraído a muchos emigrantes, que se han instalado en esos barrios que, sin ser periféricos (nada es periférico en Benidorm, pese a extenderse a lo largo de las playas –de Poniente y de Levante– por más de cinco kilómetros) lo parecen: las calidades de los materiales de construcción son peores, son casas funcionales pero de habitabilidad cuestionable (como si al construirlas sólo se hubiera pensado en un residente, más que temporal, efímero) y consecuentemente a estos dos características sus alquileres son más bajos. Dichas trascalles están pobladas, pues, por gentes que trabajan en el sector servicios, en labores mal o poco retribuidas, por gentes en el paro de larga duración, por ancianos cuyos únicos ingresos proceden de una exigua pensión, por gentes en busca de una oportunidad de trabajo, por inmigrantes que llegaron con el boom inmobiliario y que sufrieron, después, la onda expansiva de su deflagración, y por quienes habiendo gozado de posibles ahora se encuentran sin ellos, intentando hacer de la imposibilidad una vía de suficiencia. También, aunque estos son pocos, algunos antiguos propietarios demasiado mayores ya para cambiar de domicilio, enraizados en lo que fue previsto como el futuro paraíso para la vejez, y que ahora se parece más a un purgatorio que al Elíseo pretendido.

.....Ana vivía, pues, en uno de estos barrios, donde las paredes (pese al tópico, imposible de eludir) escuchan y el aire no corre, dado lo estrecho de la calzada y la orientación de la misma. Unos barrios donde en verano, y el verano, como en tantos sitios, es, en Benidorm, sobre todo julio y agosto, el calor puede llegar a ser asfixiante y el ambiente pastoso, denso, cargado de aromas a cocinas diversas, a orín de perro (Benidorm es la ciudad con mayor número de canes por habitante de todo el mundo, aseguro) y a brisa salina que sale de las casas transformada en humedad acre. Ana no había nacido en Benidorm (como la mayoría de su población), sino en un pueblecito de Granada. Llegó a la ciudad para trabajar, tras abandonar unos prometedores estudios que la habían dejado a las puertas de la universidad (para estudiar Enfermería, su gran pasión), al morir su padre de un infarto tras un fiasco financiero y quedarse la familia en precaria situación económica, con dos hermanos menores que ella a los que era imposible educar con la pensión de viudedad de su madre. Ana era una chica soñadora que, de pronto, despertó estrellada contra la realidad. El golpe fue duro, pero era mujer, y las mujeres, ya sabemos, los golpes existenciales los asimilan mejor que los hombres. Hijas de la tierra (tierra ellas mismas), se agarran a ella con uñas y dientes, superando, en el noventa y nueve por ciento de los casos, cualquier adversidad. La tabla de salvación la encontró Ana en Rinaldo, un chico cubano que, como ella, estaba afincado en Benidorm buscando un medio de vida. Allá, en Cuba, Rinaldo había sido boxeador sin demasiada suerte. La cara apenas la tenía tocada, y poseía facciones hermosas aunque duras, ojos vivos y lengua larga, gracejo en el trato y propensión al alcohol (aunque él lo negara: "un par de cervecitas no es motivo para llamarle a uno alcohólico", decía convencido).

.....Se casaron, pese a la oposición materna (hija, ese hombre no te conviene, no es trabajador, te vas a estrellar; le decía compungida la buena mujer, que veía más largo que su hija). Fue una ceremonia, más que sencilla, inexistente. Acudieron al juzgado, formalizaron los trámites, los casó el juez, se pusieron sus anillos bañados en oro de 18 quilates (grabados, eso sí), y ella se fue a trabajar, mientras él con los amigos (casi todos también cubanos) a tomarse unas cervecitas y celebrarlo. Por la noche follaron como locos (que para eso estamos casados, se dijeron). Él, que con un par de cervezas ya podía presumir de potencia sexual inagotable, con el litro y medio que llevaba esa noche alcanzó para casi llegar al alba en un ¡ay! repetido periódica e insistentemente a ritmo de martillo pilón. Se quedaron dormidos con las primeras luces del domingo (un domingo que, a petición personal al Director del hotel, libraba Ana, como graciosa concesión a su matrimonio). Al despertarse siguieron follando hasta el mediodía. Después se levantaron, se ducharon (con agua fría) y se fueron a comer, de boda, en un chiringuito frente a la playa. Tras la comida, tomaron café y copa. Se enchisparon un poco y se fueron a casa a seguir follando. Vieron la tele un rato y ella se fue pronto a dormir, pues entraba a trabajar temprano al día siguiente. Él se fue con los amigos a "rematar la faena", le dijo con esa su sonrisa cautivadora a una mujer enamorada que casi agradecía quedarse sola en la cama tras el ajetreo llevado durante la noche pasada y todo ese día.

.....El producto de aquella noche o aquel día fue Esmeralda, y el producto de alguna otra noche o día atinados (de los muchos que se sucederían durante aquel primer año, hasta que se fueron espaciando más y más) fue Salvador. Seguiditos, para no tener que andar ya con cálculos; repetía Rinaldo, todo orgulloso, como si fuese él el general artífice de la estrategia. Con Esmeralda y Salvador, los ardorosos abrazos de los esposos, como suele suceder, se espaciaron. Rinaldo comenzó a mostrar un preocupante desinterés por satisfacer a Ana tan pronto como al tercer año (la mitad de los seis que, según dicen, suele durar la pasión amorosa) de casados, coincidiendo con un mayor interés por satisfacer su afición a la cervecita, y a la frecuentación de los amigos. Éstos, que se solían dedicar, como él, a la fastidiosa labor de no hacer nada más que arrimarse a la sombra de los limoneros donde contertuliaban desde la mañana a la noche (cambiaban de limonero, eso sí; tenían para elegir entre los siete que se extendían  a lo largo de la fachada de un edificio, que no era el suyo, en una calle más ancha, principal, con calzada de doble dirección y dos carriles en ambos sentidos (además de arcén para aparcamiento ocasional y servicio de carga y descarga), atestada de tráfico, que comunicaba la parte alta, cruce de direcciones (hacia el interior, hacia Altea y Valencia, hacia Alicante por la circunvalación), directamente con la playa de Poniente. Hasta ellos llegó un día un  tipo ofreciendo dinero fácil, a costa de un riesgo calculado. Un trabajo para gente con redaños y coraje que resolvería su situación financiera por un año al menos, dependiendo de la prisa que se tuviera en fundir lo cobrado, por, total, apenas nada.

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.....Jaime Cuadrado Stiglitz tenía treinta y tres años. Era uno de esos jóvenes, hijos de buena familia, que nunca abandonan la candidez por más que realicen masters en las más prestigiosas Bussines School del orbe o en los más lóbregos tugurios del inframundo del hampa. Tenía el gen de la inocencia tan íntimamente incrustado en su ser que su padre movía la cabeza diciendo: "Jaime, qué voy a hacer contigo...", cuando lo veía incapaz de comportarse fríamente ante una decisión de tipo financiera o comercial que supusiera inevitables daños colaterales. Aquel chico siempre intentaba salvar situaciones vitales de gente que con su decisión podría sufrir o verse afectada. Hijo mío –le decía don Miguel, su padre–, la vida no funciona así: tú solito no puedes solucionar los problemas del mundo, así es que deja de intentarlo, ¿quieres?. A lo que el hijo respondía mirándole a los ojos con una sonrisa de oreja a oreja, como diciendo: soy tu hijo, tú me has hecho así (aunque el padre se empeñaba en decir que a quién leñe habría salido este chico. A lo que contestaba Gertrud, que como buena alemana de origen judío poseía una gran cultura y excelente formación musical, pues a quién va a ser, a tu padre que lo malcrió, contándole todas esas historias sobre honor y dignidad y valores y principios –y al decirle esto, esbozaba una irónica sonrisa que más delataba complicidad que censura. Y era cierto que el abuelo de Jaime había sido un buen hombre, honesto y cabal, emprendedor, soñador y defensor de las causas perdidas, que por ello se arruinó tres veces, y otras tantas se levantó para seguir luchando por lo mismo). La familia poseía, por tradición, negocios inmobiliarios que apenas se vieron envueltos en la burbuja que ayudó a mandar al país al garete. Eran unos profesionales, no unos arribistas ni oportunistas de tres al cuarto en busca de dinero fácil, en base a pelotazos y chantajes a los políticos de turno. Y es debido a este último motivo por lo que Jaime tuvo que desplazarse a Benidorm, con el fin de intentar resolver un litigio con un constructor, éste sí, más que arribista, mafioso, que quería fastidiar a la firma familiar una operación ya licitada (de forma legal) dos años antes. Su encomienda precisaba dejar bien claro a la posición contraria –y al ayuntamiento, que se personaba como mediador– que el negocio era suyo y que por nada (sobre todo por nada ilegal) se iba a cambiar lo ya aprobado.

.....El negocio en cuestión era la edificación de una zona a urbanizar, en pleno centro de Benidorm, antes solar que albergaba un campo de fútbol de tierra, que según el pliego de la plica se pensaba destinar a servicios municipales asistenciales y culturales –que tanta falta hacían al pueblo, escaso en equipamientos de esta índole. La otra parte, el mafioso, pretendía hacerse con la contrata, a toro pasado, y dedicar el espacio a apartamentos turísticos, con lo que obtendría unos beneficios diez veces superiores a los obtenidos con el plan original. El ayuntamiento, de manera no oficial, desdiciéndose de lo ya licitado y acordado, habría dado su consentimiento a cambio de algunas concesiones para el pueblo y de unas comisiones (nunca declaradas, eso sí), para los implicados que debían hacer la vista gorda o estampar su firma en los documentos pertinentes. El único obstáculo era la empresa de Miguel Cuadrado, Casa SL, que no daba su brazo a torcer, pese al pellizco que se llevaría (bastante más de lo que obtendría llevando a cabo el proyecto inicial). Fue desde el ayuntamiento que se concertó una reunión a tres bandas para intentar llegar a un acuerdo amistoso. Jaime, para este tipo de cuestiones, dejaba aparcado sus naturales inocencia y candidez y tomaba los mandos de un implacable negociador (cuando se trataba de tratar con facinerosos, el cordero se volvía lobo: incansable, contumaz y, si la ocasión lo requería, hasta feroz).
.....Cuando llegó a Benidorm se alojó en uno de los hoteles más prestigiosos, en segunda línea de playa, en la gran Avenida comercial y de paseo de la ciudad –que transcurre, cuan larga es, paralela a la Playa de Levante, tras la primera línea de altos edificios que se levanta cual amurallado almenar–, pergeñada de modo visionario por aquel alcalde franquista que vio una oportunidad donde nadie más la veía (salvo los inversores de Madrid que él se trajo). Un establecimiento de cuatro estrellas con ínfulas de cinco (no hay en Benidorm establecimientos hoteleros de la máxima categoría; y, posiblemente, Jaime, tampoco se hubiera alojado en uno). Y fue allí donde se topó con Ana, que casualmente era la encargada de planta de la limpieza de habitaciones, entre ellas la suya.
.....Hay diversas teorías a cerca del flechazo, de ese dardo envenenado con el tósigo más poderoso que existe, que un figurado zagazuelo volador, con venda en los ojos, lanza al azar (o no) uniendo a dos personas irremediablemente. Cuando las miradas de Ana y Jaime se cruzaron, el flechador disparó su dardo, traspasando el corazón de Jaime y malhiriendo al de Ana.

.....Hasta ese día, qué duda cabe, Jaime había tenido varias amigas, alguna amante y ninguna novia (o lo que se suele asimilar a tal concepto). Se enamoró a veces, pero más platónicamente que inducido por el deseo carnal. Jaime, como todo soñador, no admitía el sexo por el sexo, por más que le diera sus quebraderos de cabeza. Nunca había ido de putas, ni estando estudiando en Madrid, ni durante su estancia en Londres, mientras realizó un máster en su prestigiosa escuela de negocios, la London Bussines School. No por nada, sino por la pureza virginal de su alma. Podía tener fantasías, de hecho las tenía, pero no pasaban de ahí. No era gazmoño ni puritano, era inocente, simplemente eso. No criticaba a quienes utilizaban los servicios de las prostitutas, pero él se sentía incapaz (incluso llegó a pensar que era él el rarito, el perro verde en esas cuestiones). Quizás parte de  la culpa la tuviera la situación en casa, de correcto amor paternal, filial y marital, en el que en todo momento, sin  rigidez pero sin liberalidad, se conservaba a distancia una efusividad demasiado patente. Jaime no podía hacer el amor si no sentía cariño por la mujer a quien se entregaba. Es por eso, también, por lo que no puede afirmarse que fuese un promiscuo, ni nadie que tratase con ligereza los asuntos del sexo.
.....Su virginidad la perdió con una chica dos años mayor que él, y, la verdad, tuvo más de impresión emocional o intelectual, que de turbación física. Lo pasó bien, pero menos bien de lo que había imaginado. Ahí se dio cuenta que imaginación y realidad pueden ir por separado. En sucesivas oportunidades ya consiguió sintonizar el cuerpo y la mente, sintiendo como suele sentir todo el mundo, pero con las peculiaridades de su carácter, ciertamente más romántico que sensual.

.....Jaime, al llegar al hotel, pidió el servicio de habitaciones para llevar a la plancha dos trajes y cuatro camisas. Esa labor solía encomendarse a una de las auxiliares, pero ante lo ajustado del personal (otro efecto de la crisis) fue Ana quien llamó a la puerta. Jaime la abrió  de forma maquinal, con la intención de saludar con cortesía y efectuar su demanda. Pero delante, una vez abierta la puerta, apareció aquella mujer rubia, con el pelo recogido atrás en una especie de moño airoso, de ojos grandes y vivos, casi tan alta como él, con una sonrisa perfectamente diseñada en una cara encantadora (o eso le pareció a él), y el saludo se le quedó detenido en la garganta. Se miraron durante unos instantes, quizás dos segundos que pudieron hacérseles eternos, dos segundos en los que se reconocieron mutuamente (el veneno actuaba con efectos ultrarrápidos), como si escanearan, en ese corto periodo de tiempo, a la velocidad de procesamiento de una Deep Blue, todo el ansia acumulada, día tras día, de frustraciones afectivas, esas que, aunque con apariencia de banal satisfacción, van quedando como un lastre adheridas a una sinrazón que nos priva, en resumidas cuentas, del sentimiento de plenitud. Tras ese escaneado en el que se simultanean y superponen tantas y tantas cuentas pendientes, apareció, parpadeante como un luminoso de neón, la posibilidad de cuadrar el saldo: ahí, delante de cada uno de ellos, como ante un espejo, observándose y diciéndose (con palabras inaudibles): por fin te encontré, pensaba que no existirías. Esa fue la impresión de los dos, aunque, en realidad, aún no lo sabían con la claridad con que yo lo he expuesto. Simplemente algo dentro de ellos, hizo click, y ese click se manifestó como una síncopa en el ritmo regular del latir de sus corazones. No lo sabían aún, pero su destino confluía. ¿Estaba escrito? Quién lo sabe: ¿Las estrellas? ¿Dios? ¿Natura? Los hechos son tercos y no atienden a razones, es el ser humano quien las necesita para intentar comprender un mundo que, pese a todos sus esfuerzos, no controla y que se le escapa entre los dedos.

.....Tras el saludo de rigor, no exento de un matiz de cándido nerviosismo por parte de ambos. Jaime le entregó las prendas a planchar. En una hora las tendrá aquí, señor, le dijo Ana con toda la corrección que su cargo demandaba y con toda la forzada tranquilidad que su pecho no sentía. Él se dio cuenta, pero como su situación no era muy distinta, le halagó. Estaré aquí una semana, a lo sumo diez días, espero (no sabía por qué le revelaba ese dato, pero lo cierto es que sintió que se lo tenía que decir). Ah, bien... muy bien, señor. Estamos encantados de tenerle aquí. No dude en pedirnos lo que desee, que trataremos de satisfacerle a la mayor brevedad. Descuide así lo haré. ¿Su nombre es, por favor?, también se vio impelido a requerirle este detalle, más que por cortesía, quizás por sentirse aún más cerca de ella. ¿Ana?, nombre de origen judaico, corto y hermoso. Mi nombre es Jaime. Encantados se sintieron los dos de conocerse, y así lo expresaron. Espero volver a verla... le dijo cuando ya se alejaba por el pasillo con la ropa. Era una manera de pedirle que se la trajera ella. Nunca había sentido tan intensamente la necesidad de la presencia de otra persona, ni cuando de niño veía alejarse a su madre y desaparecer. No sé si podré traérsela yo, pero lo intentaré, le contestó Ana, sabiendo que, desde luego, sería ella quien lo haría.

.....Aguantaron hasta el día siguiente, en que tras llamar al servicio de habitaciones con cualquier excusa, acudió ella sabiendo qué sucedería. Estaba de servicio y no podía demorarse, por eso su arrebato fue breve, pero intenso, muy intenso, tanto, que quedaron abrazados el uno al otro, jadeantes, durante dos eternos minutos. Se juramentaron en verse con más tiempo, con más tranquilidad y sosiego, aunque ella... tenía dos niños pequeños que atender y no sabía cómo se las iba a arreglar, pero lo haría, vaya si lo haría. Estaba entrando en conflicto la maternidad y la pasión amorosa; cuando esa maternidad no está directamente relacionada con la pasión, el conflicto está servido, pero la intensidad de las emociones también, el goce al bies de la contradicción y de la inconveniencia porta un valor añadido que dota a los momentos gozados de un grado de exaltación exponencial.
.....Se buscaban a todas horas, para mirarse, para rozarse,... en los minutos de asueto, en los aseos, en la habitación, en los cuartos del material; allí donde pudieran gozar de un momento de intimidad, dado que verse fuera del hotel era más complicado. Estaban los niños, y estaba Rinaldo, que aunque ya apenas la hiciera caso, demandaba su poco de atención: las comidas, la atención conjunta a los hijos, y, en fin, sus labores conyugales, cuyo yugo era cada vez más laxo y cuyos surcos cada vez más superficiales.
.....Jaime llegó un sábado a Benidorm, y la reunión estaba fijada para el jueves siguiente. Del domingo al miércoles tendría lugar este súbito e imperioso romance, más allá, nadie sabría qué ocurriría. Dependía, en gran medida, del resultado del encuentro (que a Jaime no dejaba de olerle a encerrona, por lo que ya iba preparado para esta contingencia). Medio lobo, medio cordero, en ese instante de su vida, con Ana se comportaba con esa doble actitud: tierno, por un lado; salvaje, por otro. Una mezcla que a Ana le hacia disfrutar hasta límites nunca sospechados por esta sencilla chica de pueblo, por muy madre que fuese. Durante esos días, la mujer amante sobrevenida desplazó a la madre amante convencional. En su mente estaba Jaime a todas horas: cuando hacía la comida, aparecía Jaime sonriendo desde el fondo de las cazuelas, chisporroteando con sus carcajadas desinhibidas y frescas desde la sartén, asomando divertido entre las hojas de lechuga de la ensalada,... En la sonrisa de los niños, la de Jaime; en sus rizos, los de Jaime; en la frescura de su expresión, en la calidez de su piel, los de Jaime. Todo se le volvía Jaime, y parecía no existir otra cosa que Jaime haciéndola señas desde cualquier manifestación vital.
.....Revivía estremecida, los cortos encuentros, las caricias, el placer de sus dedos hurgando y conquistando su recóndita anatomía, sus labios estampados en los suyos, su lengua peregrina, la sensación de intenso placer cuando entraba en ella dilatando su angostura, produciéndole espasmos involuntarios como descargas de goce exacerbado, sus acometidas de ritmo y potencia crecientes, sus idas y venidas, el corrimiento de tierras y el surgimiento de fuentes, la explosión final, bendita traca en la que ella misma se sentía estallar formando palmeras multicolores y esferas henchidas de puntos increíblemente luminosos... la calma –exigua– compartida en un abrazo que quería agotar y recoger hasta la última sensación de placer que como una estela en el mar se iba diluyendo en la inmensidad de los sentido.

(Continuará)

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GALERÍA


Art Frahm
1907-1981

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Al Desnudo
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